Por Arbey Rivera
Subirse a las ramas de este árbol es
una aventura que debe leerse sin perder de vista el asombro que se mueve en los
versos del poeta, como un animal que juega y se transforma o que juega a
transformarse desde un punto de luz a
otro de sombra y viceversa. Desde el
primer poema Níger Madrigal deja de manifiesto su poesía con una imagen
contundente, en la que se puede ver la fantasía de un niño que observa, unida a
la maestría de un poeta y pintor que recoge el recuerdo de una imagen y lo
transforma en un poema bestial, en un poema árbol cuyas mínimas hojas tienen la
elocuencia para decir lo que el mismo menciona que “a veces ni las palabras ni
las imágenes son suficientes”. Desde la altura sublime en la que nos dejan los
primeros poemas de Árbol fauno y los que corresponden a Rutinero
(libro con el que obtuvo el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños) la
aventura camina, hay una sensación de movimiento, de danza, de estaciones que pasan cambiando de colores
las frondas de los arboles; así, las hojas de este libro parecieran vestirse
también de luz o niebla, de estaciones más sombrías en las que el tiempo es
otro animal que se mueve y que va dejando huellas en todo lo que toca, hasta en
la sangre y las sombras. Niger Madrigal, reúne en Árbol fauno parte de su obra plástica, poemas inéditos y otros ya
publicados en libros anteriores. Pero la secuencia en la que estos van apareciendo
deja en el lector esa travesía que mencionaba antes, y uno puede quedarse
trepado en las ramas reconociendo diversos paisajes así como adentrándose cada
vez más a un bosque interior que el mismo construye y comparte en este
libro.
Me llama
la atención de cómo desde esa aproximación a la infancia, el recorrido es
sorprendente, sus versos del principio cambian a prosa y ahí la confrontación
es más lenta pero igual de contundente como el poema
“Mujer sentada en el umbral del
último asombro (de su
libro El Cuerpo sitiado) o los fragmentos que pertenecen al
poema Estado de coma. Uno madura en
este tiempo, en este libro, por la precisión de cazador de imágenes y la paciencia
de observador, como bien señala Eduardo Langagne en el prólogo del libro, cuando
señala que “Níger tiene la paciencia de
un solitario vigía que debe quedarse quieto hasta adueñarse del instante para
después plasmarlo nítidamente en el papel.”
Así muestra sus dos oficios entrelazados ambos, pero cada uno con su
particular color y textura, con su particular fantasía, su fuerza y
contundencia.
Árbol fauno
toca de esta manera ese asombro que el poeta conserva y le da color y forma con
el paso de la experiencia, pero al final es el mismo. Es esa capacidad de ser
humano ante la majestuosidad de la naturaleza y aquí va esa otra particularidad
del libro que considero importante, sobre todo en estos días en que la bruma
cambia el verde de las montañas por otros colores, en este tiempo de abierta y arbitraria
contienda del hombre contra la naturaleza (basta mirar el lado sur de esta
ciudad para entender esa falta de asombro que provoca la destrucción y el
caos) Niger lo dice así
Cuando estuve de nuevo en aquel lugar/ sentí vértigo/ sólo encontré un
altísimo vacío desgajándose/ un enorme hueco de luz dejó la sombra del árbol
que alguna vez estuvo allí.
Con esta reflexión del poeta concluyo esta
breve aproximación al libro que hoy nos
reúne, esperando que todos tengamos la oportunidad de disfrutar y contemplar con esa paciencia del observador,
con ese asombro de niño y la fantasía animal que habita en nuestros bosques internos
el Árbol fauno del poeta.