martes, 13 de enero de 2026

El Árbol fauno de Niger Madrigal

 


Árbol fauno / Universidad Juárez Autónoma de Tabasco / 2011


Por Arbey Rivera 

Subirse a las ramas de este árbol es una aventura que debe leerse sin perder de vista el asombro que se mueve en los versos del poeta, como un animal que juega y se transforma o que juega a transformarse desde un punto de luz  a otro de sombra y viceversa.  Desde el primer poema Níger Madrigal deja de manifiesto su poesía con una imagen contundente, en la que se puede ver la fantasía de un niño que observa, unida a la maestría de un poeta y pintor que recoge el recuerdo de una imagen y lo transforma en un poema bestial, en un poema árbol cuyas mínimas hojas tienen la elocuencia para decir lo que el mismo menciona que “a veces ni las palabras ni las imágenes son suficientes”. Desde la altura sublime en la que nos dejan los primeros poemas  de Árbol fauno y los que corresponden a  Rutinero (libro con el que obtuvo el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños) la aventura camina, hay una sensación de movimiento, de danza,  de estaciones que pasan cambiando de colores las frondas de los arboles; así, las hojas de este libro parecieran vestirse también de luz o niebla, de estaciones más sombrías en las que el tiempo es otro animal que se mueve y que va dejando huellas en todo lo que toca, hasta en la sangre y las sombras. Niger Madrigal, reúne en Árbol fauno parte de su obra plástica, poemas inéditos y otros ya publicados en libros anteriores. Pero la secuencia en la que estos van apareciendo deja en el lector esa travesía que mencionaba antes, y uno puede quedarse trepado en las ramas reconociendo diversos paisajes así como adentrándose cada vez más a un bosque interior que el mismo construye y comparte en este libro. 

Me llama la atención de cómo desde esa aproximación a la infancia, el recorrido es sorprendente, sus versos del principio cambian a prosa y ahí la confrontación es más lenta pero igual de contundente como el poema

“Mujer sentada en el umbral del último asombro (de su libro El Cuerpo sitiado) o los fragmentos que pertenecen al poema Estado de coma. Uno madura en este tiempo, en este libro, por la precisión de cazador de imágenes y la paciencia de observador, como bien señala Eduardo Langagne en el prólogo del libro, cuando señala que “Níger tiene la paciencia de un solitario vigía que debe quedarse quieto hasta adueñarse del instante para después plasmarlo nítidamente en el papel.”  Así muestra sus dos oficios entrelazados ambos, pero cada uno con su particular color y textura, con su particular fantasía, su fuerza y contundencia.

Árbol fauno toca de esta manera ese asombro que el poeta conserva y le da color y forma con el paso de la experiencia, pero al final es el mismo. Es esa capacidad de ser humano ante la majestuosidad de la naturaleza y aquí va esa otra particularidad del libro que considero importante, sobre todo en estos días en que la bruma cambia el verde de las montañas por otros colores,  en este tiempo de abierta y arbitraria contienda del hombre contra la naturaleza (basta mirar el lado sur de esta ciudad para entender esa falta de asombro que provoca la destrucción y el caos)  Niger lo dice así   

Cuando estuve de nuevo en aquel lugar/ sentí vértigo/ sólo encontré un altísimo vacío desgajándose/ un enorme hueco de luz dejó la sombra del árbol que alguna vez estuvo allí.  

 Con esta reflexión del poeta concluyo esta breve aproximación al libro que hoy  nos reúne, esperando que todos tengamos la oportunidad de disfrutar y  contemplar con esa paciencia del observador, con ese asombro de niño y la fantasía animal que habita en nuestros bosques internos el Árbol fauno del poeta. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario